En toda la costa de Huelva era conocido Juanín el del chiringuito. Llevaba toda la vida a pie de playa y había sabido buscarse el porvenir dejando los escrúpulos en casa.
Era Juanín un maestro en recalentar paellas y en colocar tan estratégicamente las gambas en el plato que colaba media ración como entera. Su sangría era apta para todas las edades ya que la aguaba tanto que acababa con menos alcohol que un potito. Completaba sus virtudes empleando como pan rallado los roscos y las regañás que sobraban en las mesas siempre que no anduvieran demasiado mordisqueados. Su virtuosismo alcanzaba tal calibre que era capaz de hacer pasar pitracos como solomillo mediante un ingenioso sistema consistente en varios procesos continuados de congelación y descongelación hasta que la carne adquiría la blandura precisa.
Un martes de agosto, a eso del mediodía, se acercó una pareja a la barra y le dijo:
- Buenos días. Sanidad. ¿Nos llama al dueño, por favor?
- Claro que sí. Ahora mismo.
Hay quien dice que se vio a Juanín doblar nadando el Cabo de San Vicente.
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