Compré aquel coche de segunda mano en una subasta. Cuando regresé en él a casa y lo revisé con cuidado, advertí que en el maletero, envuelto en una frazada marrón, alguien había guardado un cadáver.
Lo he dejado como estaba. No soy mucho de tirar cosas; es más, aún conservo la dentadura del abuelo y la peluca de mamá.
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