miércoles, 28 de agosto de 2013



Aquella mañana borrascosa y fría, encharcada aún la calle por las lloviznas de la víspera, el sacristán se acercó a las gradas del pórtico de la iglesia.

- Julián, toma, anda. Nos lo acaba de traer la viuda de Páez, que dice que le ha salido vaciando el doblado - explicó, acercando al pedigüeño un gabán que ya hubo de estar demodé años atrás.

- Se agradece. A ver si me está bueno...

        Se incorporó del escalón chirriando como una puerta vieja y se colocó la prenda. Le quedaba algo grande. Faltaba un par de botones, pero eso era algo que podía arreglarse sin mucho problema pasando un imperdible por los ojales.

-      Bueno, ya tú te avías. Vuelvo adentro, que hace fresco.

Julián se sentó otra vez, arrebujándose en el abrigo. Aún quedaba para misa de once, por lo que subió el cuello del gabán, bajo la cabeza y dejó palma arriba la mano de pedir como recordatorio de su condición de menesteroso. Descabezaría un sueñecito al calor nuevo de la franela.


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- Pues como un guante que le queda, señor Páez. Como un guante – repetía cansino el dependiente de Confecciones Argüelles conforme alisaba unas arruguillas de las solapas.

Pero al señor Páez, sin saber por qué, le rodó una lágrima mejilla abajo mientras sus dedos jugueteaban inquietos con uno de los botones, casi descosido.





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