Aquella
mañana borrascosa y fría, encharcada aún la calle por las lloviznas de la
víspera, el sacristán se acercó a las gradas del pórtico de la iglesia.
-
Julián, toma, anda. Nos lo acaba de traer la viuda de Páez, que dice que le ha
salido vaciando el doblado - explicó, acercando al pedigüeño un gabán que ya
hubo de estar demodé años atrás.
- Se agradece. A ver
si me está bueno...
Se incorporó del escalón
chirriando como una puerta vieja y se colocó la prenda. Le quedaba algo grande.
Faltaba un par de botones, pero eso era algo que podía arreglarse sin mucho
problema pasando un imperdible por los ojales.
-
Bueno, ya tú te avías. Vuelvo adentro, que hace fresco.
Julián
se sentó otra vez, arrebujándose en el abrigo. Aún quedaba para misa de once,
por lo que subió el cuello del gabán, bajo la cabeza y dejó palma arriba la
mano de pedir como recordatorio de su condición de menesteroso. Descabezaría un
sueñecito al calor nuevo de la franela.
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-
Pues como un guante que le queda, señor Páez. Como un guante – repetía cansino
el dependiente de Confecciones Argüelles conforme alisaba unas arruguillas de
las solapas.
Pero
al señor Páez, sin saber por qué, le rodó una lágrima mejilla abajo mientras
sus dedos jugueteaban inquietos con uno de los botones, casi descosido.
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