miércoles, 28 de agosto de 2013



        Empujando como todos los días el carrito herrumbroso de supermercado en el que cargaba la chatarra, le pareció ver una cara conocida entre las de las rameras de medio pelo que se exhibían en aquella rotonda de las afueras. Estaba oscureciendo y le costaba distinguir las facciones, así que hubo de acercarse un poco para estar seguro. Dejó el carrito en el arcén y cruzó la carretera con un par de trancos.

        Era ella. Sin duda. Merceditas, la niña aquella que conocía del pueblo y con la que solo coincidía en las fiestas y en las procesiones. Recordaba vagamente que su familia vivía en la Calle Real, en una casona con un portalón inmenso que se abría a un patio umbrío. Cuando en algunas ocasiones se reunían los chiquillos y charlaban de esto y de aquello, Merceditas siempre decía:

-      Yo voy a ser maestra. Como mi abuela.

-      Pues yo, lo que surja. A mí me es igual – contestaba él, quien no veía más porvenir que cuidar de las bestias como venía haciendo casi desde que dejó de gatear.

Ahora que la tenía a pocos metros, recordó que Merceditas marchó a la ciudad acabado el colegio para estudiar el bachillerato. Ya no supo más de ella hasta esa tarde. Quién sabe qué le paso: una amistad equivocada, una decisión a destiempo, una calleja demasiado oscura, un viento negro…

Merceditas, la niña de los ojos claros y el pelo negro, apenas se tenía en pie ante él, mostrando su cuerpecillo caquéxico cubierta tan solo por unas bragas y un sostén verdes. El cabello sucio y brillante, la piel cruzada de churretes y las uñas a medio pintar la hacían ser la estampa misma de la miseria.

Al ver que se acercaba, pensó que se trataba de un cliente y apresuró el paso tanto como los tacones se lo permitieron.

-     ¿Qué pasa, guapo? – preguntó, mostrando una boca casi desdentada – Estas tías no valen pa na. Son unas tirás. Pero yo te hago lo que tú quieras. Y barato. Vente, que ahí detrás de la valla aquella te apaño.

Hurgando en el bolsillo, él saco un puñado de monedas, se las mostró y le dijo:
-      ¿Cuánto me llevas por enseñarme a escribir?

Mercedes, Merceditas, lo miró ausente durante unos segundos y luego sonrió levemente con una mueca boba. Cuando su mente regresó del lugar al que se había marchado, dio la vuelta despacio y echó a andar cabizbaja hasta perderse tras unos setos.


No hay comentarios:

Publicar un comentario