Siempre le relajaba el sonido de la lavadora, ese runrún sordo que surgía de la máquina cuando su tambor giraba y giraba. Y ese chapotear lejano de la ropa en su interior se le antojaba como tener un pequeño mar en casa.
Siempre le tranquilizaba, excepto aquella mañana en que, oyendo ensimismado el programa para prendas de algodón, recordó que no había sacado del bolsillo de la chaqueta el décimo premiado con El Gordo.
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