sábado, 31 de agosto de 2013

     Tras haber descabellado a dos miembros de su cuadrilla, decidió que había llegado el momento de cortarse la coleta aquel matador estrábico.
     Y a mí que no me digan que quince años en la trena no aburren al más pintado. Tiene uno que ser muy animal, muy zoquete, para que no acabe consumiéndote tanto tiempo encerrado, con esa rutina que no le deja a uno lugar para pensar apenas. Y total por haber dejado con los mondongos al aire de una mojada a mi cuñado, que bien que se retorcía en el suelo, el muy cabrón, hasta que se le fue la vida. Pero, vamos, que otra vez que viviera, otra vez que lo despenaba con el jifero como a una bestia, por soplón .

     Dando vueltas a esto andaba Mateo, a quien la cincuentena le había pillado entre barrotes, cuando decidió que, ya que estaba suelto otra vez, se merecía despejarse como Dios manda la cabeza, echar una canita al aire. Así pues, después de merendarse con  una palomilla y un pan mollete con manteca y de haberse plantado el jersey aquel bueno que le regaló su hermana la Paca, hurgó en el bolsillo para tantear cuánto dinero tenía y, como tantas veces antes, cruzó la puerta de Hair's, antes Peluquería Raimundo, donde le dejaban siempre las greñas que daban gloria.





jueves, 29 de agosto de 2013

Echó la tarde jugando al dominó, algo que no pudo imaginar cuando aquella mañana, vaciando los cajones de la cómoda, encontró las viejas gafas del abuelo y le dio por probárselas.

Al velatorio de aquella pitonisa acudió toda la caterva de cartomantes, videntes y adivinos de la localidad, a cada cual más estrafalario. 

En el tanatorio solo se dejaban oír comentarios como "Yo la lo dije", "Lo avisé hacía tiempo", "Desde aquella conjunción astral, lo tuve claro".

Cuando el diputado concluyó su discurso, pudo escucharse el retumbar de varios ronquidos de aprobación.

Siempre le relajaba el sonido de la lavadora, ese runrún sordo que surgía de la máquina cuando su tambor giraba y giraba. Y ese chapotear lejano de la ropa en su interior se le antojaba como tener un pequeño mar en casa.

Siempre le tranquilizaba, excepto aquella mañana en que, oyendo ensimismado el programa para prendas de algodón, recordó que no había sacado del bolsillo de la chaqueta el décimo premiado con El Gordo.

El cuco del reloj que adornaba el salón del abuelo, junto a los sillones, sólo asomaba la cabeza para cantar las horas si no había nadie a la vista, tanta era su timidez.