En España resulta evidente la relación, obscena por estrecha, entre el poder político y el económico. Puede sonar a simplificación marxista, pero los hechos muestran que el politiqueo danza del mismo modo en que lo hacen en los burdeles ciertas rabizas a quienes cuelan billetes de 500 entre las gomas del tanga.
Y toda la maquinaria democrática, ese linimento Sloan que lo mismo te desentumece las dictaduras que te ablanda los nacionalismos, ha quedado reducida a una insistencia machacona en que votemos cada cuatro años, al tiempo que se nos hace sentir como sucios apátridas si no lo hacemos. En esta suerte de gobierno vampírico que nos tutela y nos putea, los votos hacen las veces de la sangre fresca con la que sobrevive el politicucho casi un lustro más con las nalgas apoltronadas en el escay de su carguillo.
Y entre metedura y metedura de votos en las urnas, el pueblo, tú y yo, hemos de aguantar cabizbajos los desmanes que perpetra ese bullaje de impresentables. Si se protesta, si se alza la voz cuando la mierda nos roza la comisura de los labios porque su gestión nefanda ha convertido el país en un muladar, se nos mandará callar diciendo que, aunque nadie nos niega el derecho a la pataleta, lo mejor es hacerlo en unas elecciones, llevándonos a su guarida para desmembrarnos a placer otros añitos más.
Por todo esto creo que la única opción viable para acabar con esta especie de letargo inducido en el que nos hallamos mientras los buitres electos nos evisceran y se carcajean es no participar en el proceso. Negarles lo único que les mantiene en pie: el voto. No votar a opción alguna, puesto que todas participan de dos sistemas, el de partidos y el electoral, que hieden a podrido hasta la náusea.
No votemos, ya que la manifestación, el quinceeme y la cacerolada solo llevan a que suelten a la policía para que apalee a placer. Y la recogida de firmas se tiene en cuenta únicamente a la hora de encender las chimeneas del Congreso. Y los suicidios de quienes no han podido resistir el pisoteo no son capaces, triste suerte, de lograr que nadie diga: "Mi conciencia me obliga a dimitir". Y el que les trinquen rebozados en corrupción, apestando a mediocridad y a rapiña, solo vale para que digan a quien se sienta frente a ellos: "¡Pues tú robaste más!"
No votemos, ya que la manifestación, el quinceeme y la cacerolada solo llevan a que suelten a la policía para que apalee a placer. Y la recogida de firmas se tiene en cuenta únicamente a la hora de encender las chimeneas del Congreso. Y los suicidios de quienes no han podido resistir el pisoteo no son capaces, triste suerte, de lograr que nadie diga: "Mi conciencia me obliga a dimitir". Y el que les trinquen rebozados en corrupción, apestando a mediocridad y a rapiña, solo vale para que digan a quien se sienta frente a ellos: "¡Pues tú robaste más!"
No votemos. A la mierda su urdimbre asquerosa y mezquina, esa con la que se han perpetuado en el poder para ser capaces de convertir a España en un miseria ambulante.
No hay otro escarmiento.