Recordad conmigo ese momento angustioso en el
que, caminando por la calle, sientes un picor
insoportable entre las nalgas.
Al instante notas cómo tu pudor comienza una
batalla sin par contra tu ansia por rascarte mientras
a tu mente acuden esas imágenes de los
documentales de la 2 en las que un elefante, ajeno
a toda vergüenza, se frota el culo contra el tronco de
una acacia.
O el esparcimiento mojoneril con la cola que hace el hipopótamo, para mí el summun de la despreocupación por las formas de la vida salvaje.
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